Quisiera deshacer los bordes, hacerlos añicos y pisarlos con
fuerza. Quisiera estrechar con fuerza de nuevo las esperanzas, desechar mi
inseguridad, los miedos y prejuicios.
Siempre supe que con el soplo del viento las hojas se
moverían sin mirar detrás, sin reparar los daños ni percatarse de ellos, que el
silbido de la brisa fresca daría lugar después al negro azabache de una noche
recóndita y perdida, de una escena en la cual al final el sendero se entrecruza
con el destino. Pero las hojas que caen y avisan la llegada del invierno han
dejado huellas en el piso, y las he pisado para hacerlas crujir al compás de mi
ritmo, de forma tal que poco a poco se han vuelto parte de mis pies y mi
camino.
Hoy quisiera no pensar más en las hojas, ni en el sendero ni
en el invierno.
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